Doce años sin los Bad Mongos pueden hacerse largos hasta que, de repente, un golpe de cadera te avisa de que tal vez hay cosas que nunca marcharon. Una persona, un sonido, un olor, un sabor o una banda. Toda ausencia es relativa si el retorno te sacude –patada en los cojones, mediante– la morriña de los años perdidos.

Bad Mongos vuelven a la carretera. Han pasado doce años en los que sus integrantes han sufrido lo bueno y lo malo que puede ofrecernos la vida. Y se presentan con las cartas boca arriba, gracias a la experiencia mundana obtenida, y con los huevos pelaos de arrancarse los ojos delante del espejo hasta reconocerse una mañana tras otra.

Más irreverentes que nunca porque cargan con grandes dosis de desparpajo el espacio que liberaron tras dejar según qué pesadas maletas por el camino. El rock’n’roll es irreverencia labrada en libertad. Eso de que nos comáis los huevos, aquí y ahora, aunque estemos hecho un guiñapo. Porque el rock’n’roll es mandar, amig@s, y como los Mongos pocos saben hacerlo.

Nos gustan las personas honestas, aquellas que se ciñen a hacer lo que saben. Y que saben lo que quieren y, sobre todo, cómo hacerlo. Aquellos que no se adornan más que con un simple casco y la pose de quien sabe que el sudor de su esfuerzo vale más que el artificio del que dibuja su ego con rímel barato.

Doce años han tenido que pasar para volver a ver a los Mongos abriendo la puerta de un zapatazo, con su “Shoot the Bullet” en mano cargado con trece precisos balazos repletos de irreverencia, testiculina y macarrismo. Trece balazos certeros y sinceros con los que el cuarteto viene a recordarnos que en la Costa Brava todavía queda mucho rock’n’roll.

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Larga vida a los Bad Mongos!

Una reseña de Rafa Rubio / Twitter Rafa Rubio